
1
La biblioteca es un lugar de lectura y contemplación.
Quienes ingresen a sus salas deberán hacerlo en silencio, para no interrumpir la labor de otros lectores ni la de los propios libros.
2
Si durante la lectura un libro cambia una palabra, una frase o un fragmento completo,
deberá informarse al director de la biblioteca.
Ese volumen será trasladado al estante de los libros vivos.
3
Los libros marcados con sellos, símbolos o marcas especiales deberán leerse siguiendo las indicaciones correspondientes.
Ignorar estas señales suele alterar la historia o dificultar su lectura.
4
Algunos textos solo admiten determinadas condiciones de lectura.
En tales casos deberán respetarse los lugares, horarios o luces indicados por la biblioteca.
5
No todas las historias desean ser corregidas o completadas.
Si un manuscrito presenta interrupciones, páginas en blanco o finales inciertos,
se recomienda conservarlo tal como fue encontrado.
6
No todos los lectores tienen acceso a todos los libros.
Ciertos volúmenes permanecen reservados para narradores o custodios autorizados.
7
Algunos materiales requieren autorización del director de la biblioteca para ser consultados.
Quienes deseen acceder a ellos deberán solicitar permiso antes de abrirlos.
8
No todos los libros desean ser abiertos.
Si un volumen permanece cerrado después de varios intentos,
se recomienda devolverlo al estante y regresar otro día.
9
Ciertos libros no pueden abandonar la biblioteca.
Otros pueden ser consultados en jardines, salas o mesas específicas del monasterio.
10
Si un lector encuentra entre las páginas una nota, una historia desconocida o un fragmento que no figuraba en el registro,
deberá comunicarlo a los bibliotecarios.
Todo hallazgo será anotado en el registro de descubrimientos narrativos.
Estas reglas han sido copiadas del reglamento original de la biblioteca.
El documento se conserva en la mesa del bibliotecario desde hace generaciones.
Algunos aseguran que, con el paso del tiempo, también él cambia ligeramente.
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