
En el monasterio no todos llegan siendo narradores.
Muchos llegan siendo aprendices.
Algunos traen consigo cuadernos llenos de historias.
Otros llegan sin haber escrito nunca una sola palabra.
Pero en el Scriptorium eso no importa.
Aquí nadie enseña a escribir de la manera en que lo haría una escuela.
Nadie entrega un programa de estudios ni anuncia cuánto tiempo llevará aprender el oficio.
En el monasterio se aprende de otra forma.
Se aprende escuchando historias antiguas.
Copiando relatos olvidados.
Traduciendo textos de otros tiempos.
Y, sobre todo, conviviendo durante años con las historias que todavía no han sido escritas.
Por eso ocurre algo curioso.
Algunos aprendices pasan décadas trabajando entre las mesas del Scriptorium sin convertirse nunca en maestros narradores.
Otros logran formar parte del mundo de los eruditos maestros de la narración.
Los archivos del monasterio todavía recuerdan el caso de la hermana narradora Alaína, quien fue reconocida como maestra narradora después de apenas dos años en el Scriptorium.
Un caso extraordinario que tiene sus registros en el museo.
Pero quienes viven aquí saben que cada aprendiz recorre su propio camino, y que lo que realmente determina este proceso es la capacidad de habitar una historia.
Por eso los narradores más antiguos suelen decir a quienes llegan por primera vez:
No te preocupes por cuánto tiempo permanezcas como aprendiz.
Lo importante es saber cultivar, habitar y escuchar las historias.
Y recordar algo que aquí se repite con frecuencia:
«A escribir se aprende escribiendo»
Pasear por el jardín del monasterio
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