
En el scriptorium del monasterio se utilizan las herramientas más simples que conoce el oficio: pluma, tinta y papel.
Los aprendices suelen creer que se trata de objetos comunes.
Pero los hermanos más antiguos del monasterio no siempre están de acuerdo.
Desde hace siglos circulan entre los narradores algunas historias curiosas.
Se dice, por ejemplo, que en ciertas salas del monasterio existen plumas capaces de guiar la mano del escritor cuando una historia ha madurado lo suficiente.
También se habla de antiguas tintas que no siempre permanecen en el pergamino si la frase que se escribe no tiene todavía el peso necesario para quedarse.
Incluso hay quienes aseguran que algunos pergaminos del monasterio guardan una paciencia particular.
Aceptan muchas palabras.
Pero solo conservan aquellas que realmente pertenecen a la historia.
Los aprendices suelen preguntar si todo eso es verdad.
Los maestros rara vez responden.
En cambio suelen repetir algo más sencillo:
primero hay que aprender a escuchar una historia.
Después, a sostenerla.
Y solo mucho tiempo más tarde, cuando la mano deja de apresurarse y aprende a seguir el ritmo de la narración…
entonces, dicen algunos, la pluma, la tinta y el papel comienzan a comportarse de otra manera.
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