
No todos recuerdan el momento exacto en que comenzó.
Algunos dicen que fue una idea.
Otros, una imagen.
Otros, apenas una frase.
Pero en el Monasterio
se enseña que el inicio no está en lo que aparece,
sino en lo que el narrador hace con eso.
Porque ideas hay muchas.
Impulsos también.
Lo que no siempre ocurre
es la decisión de quedarse.
De abrir el cuaderno.
De escribir la primera línea.
De permitir que algo comience
aunque no esté completo,
aunque no esté claro,
aunque no prometa nada.
Ese gesto —pequeño, casi invisible—
es el que se guarda.
No por lo que es,
sino por lo que habilita.
Porque en ese momento
no comienza una historia.
Comienza el movimiento.
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