
En el Monasterio
no preocupa quien no comienza.
Preocupa
quien comenzó
y se detuvo.
Porque ese narrador ya cruzó el umbral.
Ya sintió el impulso.
Ya vio algo.
Pero por alguna razón
no volvió.
A veces pasa un día.
A veces una semana.
A veces más.
Y lo que antes estaba vivo
empieza a enfriarse.
No desaparece.
Pero pierde fuerza.
Se vuelve más difícil de retomar.
Más pesado.
Más lejano.
No por falta de talento.
No por falta de ideas.
Sino porque el movimiento se interrumpió.
En el Monasterio se enseña
que cada pausa prolongada
no es descanso.
Es ruptura.
Y que toda ruptura
obliga a comenzar de nuevo.
Por eso
no se insiste en escribir mucho.
Se insiste
en volver.
Deja un comentario