
En el Monasterio
hay narradores que nunca abandonan.
Siempre están escribiendo.
Siempre están comenzando algo nuevo.
Una idea.
Una escena.
Una historia distinta.
Sus cuadernos están llenos
de primeras páginas.
De inicios prometedores.
De impulsos que alguna vez tuvieron fuerza.
Pero casi ninguno avanza.
Porque cada vez que el camino se vuelve más lento,
más exigente,
más incierto…
vuelven a empezar.
No lo hacen por pereza.
Lo hacen porque el inicio
es liviano.
Porque comenzar
no exige sostener.
Y en ese gesto
—casi invisible—
rompen el momentum.
No una vez.
Sino cada vez que algo
empieza a volverse real.
En el Monasterio se enseña
que no toda interrupción es detenerse.
Algunas
son reinicios.
Y que quien siempre comienza
puede pasar toda una vida escribiendo…
sin terminar nada.
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