
Escribió la carta durante varias noches.
Al principio con dudas,
después con una certeza que no solía tener.
Sabía que debía entregarla.
Sabía que, de alguna forma, todo dependía de eso.
Cuando terminó, la dobló con cuidado.
La guardó en el bolsillo
y caminó hasta la puerta de la casa.
Se quedó allí unos segundos.
Le temblaron las manos.
Como siempre.
Pensó en llamar.
Pensó en dejar la carta.
No hizo ninguna de las dos cosas.
Guardó la carta, un poco más profundo en el bolsillo,
dio media vuelta
y regresó por la calle en silencio.
La noche lo recibió sin hacer preguntas.
La carta nunca fue entregada.
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