
Esta sala del Museo conserva una ventana cerrada.
Junto a ella, hay un antiguo escritorio de piedra.
Es el más viejo del Monasterio.
Se dice que una de las primeras fundadoras trabajaba allí.
Pasaba largas horas en silencio,
sentada frente a esa ventana.
El aire entraba apenas,
por una fisura casi imperceptible en la piedra.
No era un viento fuerte.
Más bien… un susurro.
Algunos relatos cuentan que, en ese lugar,
comenzaron a surgir muchas de las ideas
que dieron forma a los primeros textos del Monasterio.
Nunca se supo con certeza cómo.
Hoy, el escritorio permanece.
Y hay quienes, al sentarse allí un momento,
dicen escuchar algo parecido.
Otros, en cambio,
solo sienten el aire.
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