
Hay quienes dicen
que en los jardines aparece, a veces, un colibrí.
No es distinto a otros,
al menos a simple vista.
Pero cuando se acerca,
algo cambia.
No en el aire.
No en el lugar.
En la lectura.
Se dice que sus alas
no mueven el aire,
sino el ritmo.
Que donde revolotea,
la lectura encuentra impulso.
Las páginas avanzan.
Las ideas se ordenan.
Y lo que antes parecía disperso
encuentra dirección.
No es velocidad vacía.
Es claridad en movimiento.
El colibrí no se queda.
No se posa.
Atraviesa.
Y basta con ese instante.
Algunos lectores aseguran
que el efecto permanece durante días.
Otros regresan
con la esperanza de volver a encontrarlo.
Pero en los jardines
nadie lo busca del todo.
Porque no es el lector
quien decide.
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