
No todos la buscan.
Y, sin embargo,
algunos la encuentran.
No aparece al terminar un libro.
Ni al comprenderlo por completo.
De hecho,
no aparece en ningún momento preciso.
Simplemente,
llega a quienes están listos.
En la Academia
no se habla demasiado de ella.
Pero todos saben
cuándo alguien la ha recibido.
No por la insignia en sí.
Sino porque empieza a notarse.
En la forma en que lee.
En la manera en que vuelve.
En lo que ya no deja pasar.
Y, a partir de entonces,
permanece.
Cerca.
Sobre el pecho.
Como si siempre
hubiera sido parte de quien la lleva.
Una forma de leer
que ya no se pierde.
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