
Quienes pasan por la Academia
no leen del mismo modo.
No porque sepan más,
sino porque empiezan
a mirar distinto.
Aquí se aprende
que una historia
no se agota en su primera lectura.
Que volver
no es repetir.
Es profundizar.
Se comprende
que lo importante
no siempre está en lo evidente.
Y que aquello que no se dice
también forma parte de la obra.
Se aprende a detenerse.
A no avanzar por inercia.
A reconocer el momento
en que una página
pide ser habitada.
Se entiende
que un libro puede cambiar
sin haber sido modificado.
Y que, muchas veces,
es el lector
quien ya no es el mismo.
No se busca terminar historias.
Se busca comprenderlas.
Por eso,
muchos lectores pasan por aquí.
No todos permanecen.
No todos continúan.
Pero quienes lo hacen,
con el tiempo,
alcanzan algo más.
Una forma de leer
que ya no se pierde.
Y con ella,
la insignia de la Academia.
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