
El festival no comienza el día en que se anuncia.
Mucho antes de que se enciendan las luces,
antes de que se abran los puestos
y antes incluso de que alguien pronuncie su nombre,
ya hay algo en marcha.
No es impaciencia.
No es ansiedad.
Es otra cosa.
En la tierra de los lectores se sabe
que ninguna historia empieza cuando parece.
Aquí se construye desde las bases.
Y este festival no es la excepción.
Durante meses,
sin ruido,
se preparan los primeros movimientos.
Algunas ideas son sometidas a votación.
Otras aparecen en forma de preguntas.
Se ensayan temas,
se proponen desafíos,
se abren caminos que todavía no tienen forma.
Los lectores participan.
Eligen.
Descartan.
Sugieren.
Y mientras eso ocurre,
los archivos se abren.
Se revisan los libros más leídos.
Los más discutidos.
Los más rechazados.
Los que nadie pudo abandonar.
Nada de eso es menor.
De allí surgen patrones.
Desvíos.
Pequeñas señales.
Con el tiempo,
la organización reúne todo ese material
y lo transforma.
No en certezas.
En posibilidades.
Así nacen los juegos.
Los eventos.
Y las pruebas de los Grandes Torneos.
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