
No todo lo que ocurre en el festival se pierde.
Algunas cosas quedan.
No en la memoria.
En la escritura.
Desde el primer día,
hay páginas abiertas.
No están en un solo lugar.
Ni en una sola mesa.
Aparecen en distintos puntos del festival.
A veces en una carpa.
A veces junto a un puesto.
A veces donde nadie lo espera.
Alguien se detiene.
Escribe algo breve.
Una escena.
Una frase.
Una duda.
Después sigue.
Otro llega más tarde.
Lee lo que quedó.
Agrega algo.
O lo desvía.
Nadie firma.
Nadie corrige.
El libro crece.
No de forma ordenada.
Ni coherente.
Pero tampoco al azar.
Algunas líneas se repiten.
Otras desaparecen.
Algunas encuentran continuidad.
Durante los días del torneo,
el libro cambia.
Se expande.
Se contradice.
Se ajusta.
Y hacia el final,
alguien lo reúne.
No para cerrarlo.
Para dejarlo disponible.
Nadie sabe quién lo escribió.
Pero hay algo que se reconoce.
No en las palabras.
En lo que quedó entre ellas.
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