
No todos los libros se encuentran en las manos.
Algunos bajan.
El festival comienza con eso.
En un momento que no necesita anuncio,
los globos son soltados.
Muchos.
Al mismo tiempo.
Suben despacio, pendiendo de un hilo.
Se abren sobre el cielo del festival.
Y quedan allí, suspendidos.
Cada uno lleva un libro.
O a veces, solo un fragmento.
No tienen nombre.
No indican origen.
Ni autor.
Durante los meses previos, alguien los reúne.
Los busca.
Los conecta.
Hay textos conocidos.
Otros que no lo son.
Algunos llegan completos.
Otros, incompletos.
Nadie lo aclara.
A lo largo de los días, los globos descienden.
No todos juntos.
No en el mismo lugar.
Cada persona puede tomar uno solo.
Hay quienes los leen en el momento.
Otros los guardan.
Algunos intentan descubrir de dónde vienen.
Buscan pistas.
Comparan frases.
Recorren otros libros.
Otros no.
Se quedan con lo que recibieron.
Dicen que en esos textos siempre hay algo.
No necesariamente importante.
Pero sí preciso.
Algo que parece haber llegado en el momento justo.
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