
Hacía meses que el hermano Atibio no lograba avanzar en su historia.
No era impaciencia.
Era otra cosa.
Había aprendido, con los años, a no forzar.
A esperar.
A observar.
Había pasado por el Scriptorium,
por el Observatorio
y por el Santuario de la Doble Llama.
Incluso por los Jardines del Silencio.
Pero la historia no llegaba.
Una tarde, mientras descansaba en una sala común,
vio algo moverse entre las hojas del jardín,
justo más allá de una de las ventanas.
Se levantó sin pensar.
Bajó las escaleras.
Cruzó el pasillo.
Y entonces la vio.
O creyó verla.
Era su idea.
No como un pensamiento,
sino como algo vivo,
ligero, inquieto, imposible de fijar.
Atibio avanzó hacia ella.
La idea saltó.
De una hoja a otra.
De una piedra a una rama.
Él la siguió.
Torpe al principio.
Decidido, después.
En un momento, se arrojó al suelo intentando alcanzarla,
y quedó un instante boca abajo, con las piernas en el aire,
mientras sus manos buscaban entre las hojas.
Algunos narradores que pasaban por el jardín se detuvieron a mirarlo.
Otros rieron en silencio.
Un maestro, al verlo, murmuró:
—A veces las ideas no se dejan pensar. Hay que ir a buscarlas.
Atibio, finalmente, la atrapó.
Se incorporó sin decir nada
y volvió casi corriendo hacia el monasterio.
Esa noche, en el Scriptorium,
nadie volvió a verlo levantar la cabeza del pergamino.
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