
En los Jardines del Monasterio crece una especie de flor
que pocos logran describir con precisión.
No por su forma,
que es simple.
Un tallo delgado,
una única flor en la cima.
Sino por su comportamiento.
Durante varias semanas,
la flor sostiene un color intenso.
A veces rojo.
A veces azul.
A veces un tono que no se repite en ninguna otra parte del jardín.
Pero ese color no permanece.
Con el tiempo,
comienza a apagarse.
Se vuelve más claro,
más leve.
Hasta que pierde todo matiz
y queda completamente blanca.
Es entonces cuando ocurre.
Durante la noche,
cuando el jardín no es observado,
la planta se desprende de la tierra.
No de forma brusca,
ni violenta.
Simplemente deja de pertenecer al lugar donde estaba.
Y, en algún momento antes del amanecer,
se desplaza.
Sus raíces, aún vivas,
buscan un nuevo punto en la tierra.
Y allí se hunden otra vez.
Al llegar la mañana,
la flor aparece en otro lugar del jardín.
Pero ya no es la misma.
Ahora es de otro color.
Y el ciclo comienza a repetirse.
Algunos narradores sostienen
que este fenómeno no es casual.
Que el jardín, de algún modo,
no permite que ciertas formas permanezcan
más allá de su propio ciclo.
Otros prefieren no interpretarlo.
Solo observar.
Porque estas flores
no crecen para ser entendidas.
Sino para recordar algo
que los narradores, a veces,
olvidan.
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