
En la Sala de Fuego
la llama no permanece igual.
No es solo un fuego encendido en el centro del salón.
Es algo que responde.
Cuando un narrador comienza,
la llama cambia.
A veces se eleva.
A veces se recoge.
A veces solo se sostiene.
Los cambios no dependen del volumen de la voz
ni de la cantidad de palabras.
Dependen de otra cosa.
Algo que no se nombra,
pero que todos perciben.
Una tensión.
Una presencia.
Una forma de habitar la historia.
Entonces, la llama se transforma.
Crece.
Se altera.
Y dentro del fuego
empiezan a aparecer formas.
No definidas del todo.
Pero reconocibles.
Un rostro.
Un paisaje.
Un gesto.
Fragmentos de la narración
se manifiestan en el fuego.
Con el tiempo,
los presentes aprendieron a observarlas.
Pero, curiosamente,
no todos ven lo mismo.
Caminar por los Jardines del Silencio
Ir a la cocina a beber y comer algo.
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