
En el Santuario de la Doble Llama
hay una que arde con mayor firmeza.
No se agita con facilidad.
No se dispersa.
Permanece.
Los narradores dicen
que esa es la llama de la forma.
La que enseña
que no basta con sentir una historia.
También hay que sostenerla.
Darles orden a sus pasos.
Ritmo a sus escenas.
Estructura a su avance.
No es una llama severa.
Pero sí exige claridad.
Pide que cada palabra
encuentre su lugar.
Que cada silencio
cumpla una función.
Que cada desvío
responda a una necesidad.
Muchos llegan al santuario
buscando fuego para escribir.
Y descubren aquí
que una parte del acto de crear
consiste en aprender
a construir aquello que arde.
Porque incluso la historia más viva
necesita una forma
para no deshacerse en el aire.
Deja un comentario