
No es toda la casa.
Es un lugar.
Un sillón.
Una silla.
Un borde de la cama.
Quienes leen ahí
vuelven.
Pueden cambiar de libro.
De horario.
De día.
Pero no de lugar.
Con el tiempo,
ese rincón se reconoce.
La luz cae siempre igual.
El cuerpo encuentra su forma.
Las páginas avanzan sin esfuerzo.
No espera.
Permanece.
Y en esa permanencia,
algo se sostiene.
Hay historias
que no se continúan en cualquier parte.
Y lectores
que, sin saber por qué,
siempre regresan al mismo sitio.
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