
Cuando el lector no está,
la casa no queda vacía.
Permanece.
La luz cambia con las horas.
El aire se aquieta.
Los libros descansan en su lugar.
Nada parece moverse.
Pero algunas cosas
no quedan exactamente igual.
Una página que estaba cerrada
ya no lo está del todo.
Un libro se inclina apenas,
como si hubiera sido tocado.
La luz alcanza un rincón
que antes no alcanzaba.
Son cambios mínimos.
Casi imperceptibles.
Como si la casa
revisara en silencio
lo que fue leído.
No busca.
No ordena.
Acompaña.
Y en esa quietud,
algo se ajusta.
Por eso, cuando el lector vuelve,
no empieza de nuevo.
Encuentra.
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