
Esa iba a ser la última.
Solo una más.
Para cerrar el capítulo.
Para dejarlo ahí.
Pero la página termina
y algo queda abierto.
Entonces sigue.
Otra.
Y otra más.
El cuerpo lo sabe.
Sabe que al día siguiente
va a tener un costo.
Pero en ese momento,
no importa.
Hay historias que no se dejan cerrar.
Atrapan.
Empujan.
Y uno cede.
Cuando finalmente se apaga la luz,
ya es tarde.
Demasiado.
A la mañana siguiente,
se nota el cansancio.
En los ojos.
En el cuerpo.
En cada gesto.
Y sin embargo,
mientras el día avanza,
algo acompaña.
Una escena.
Una voz.
Un momento que sigue ahí.
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