
Se levantó a la mañana
y supo, otra vez,
que seguían ahí.
Hacía tiempo que estaban.
Cada vez que pasaba por la biblioteca
podía sentir su presencia.
Como miradas.
Como algo que observa
sin decir nada.
Permanecían quietos.
Sin abrirse.
Quizás llevaban demasiado tiempo así.
Al inicio solo era uno.
Después fueron tres.
Luego seis.
Diez.
Ahora…
quizás más de veinte.
Y cada uno pesaba.
No por juicio.
Sino por algo más silencioso:
un compromiso.
Un potencial.
Una puerta.
Estaban ahí,
como umbrales
que esperan ser cruzados.
Eran libros.
Pendientes.
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