
Nadie en la Tierra de Lectores recuerda haber pedido su D.U.L.
No hay formularios de solicitud.
No hay filas.
No hay una sala donde acudir.
Sin embargo… aparecen.
A veces sobre una mesa.
A veces entre las páginas de un libro que no estaba allí antes.
Algunos lo encuentran doblado, con su nombre escrito en tinta firme.
Otros… con espacios en blanco.
Hay quienes lo reconocen al instante.
Y hay quienes lo miran largo rato, sin entender del todo qué están viendo.
El documento no explica demasiado.
Letras.
Números.
Marcas.
Y, sin embargo, eso basta.
Al sostenerlo, algo encaja.
No es solo una categoría.
No es una simple clasificación.
Es una forma de habitar la lectura.
Y eso deja marca.
Abre posibilidades.
Traza una claridad que antes no estaba.
Algunos lo reconocen como una huella.
Otros lo llaman estilo.
Pero es algo más.
Un documento de identidad lectora.
Con el tiempo, algunos descubren algo inesperado.
El D.U.L. cambia.
No siempre.
No de forma evidente.
Pero cambia.
En la Tierra de Lectores, leer no es una actividad fija.
Y aquello que deja rastro…
no está obligado a permanecer igual.
Deja un comentario