
Hay lecturas que se estancan.
No porque falte algo.
Sino porque ya no hay nada más que decir.
El libro se cierra.
No con duda.
No con conflicto.
Con claridad.
Algo se agotó.
No en el texto.
En el encuentro.
En el Registro ese momento se reconoce.
Sin apuro.
Sin corrección.
Sin insistencia.
Porque no todo está hecho para continuar.
Entonces el sello aparece.
No como marca.
Como gesto.
Deja una señal discreta,
de un gris apagado,
como si indicara que ese recorrido ya fue suficiente.
Dicen que hay libros que acompañan un tiempo.
Y lectores que saben retirarse sin cerrar del todo.
No es pérdida.
No es error.
Es otra forma de terminar.
En el Universo Literario
también existe lo que deja de ser.
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