
Algunos pasan.
Como si fuera un camino más.
No esperan encontrar nada propio.
Pero a veces ocurre.
Entre restos dispersos,
entre viento y arena,
algo llama la atención.
No por su forma.
No por su estado.
Por cercanía.
Se detienen.
Se agachan.
Tocan la arena.
Escuchan el viento árido.
Y entonces recuerdan.
No una historia completa.
No un texto terminado.
Una idea.
Algo que empezó hace mucho tiempo.
Una intención que tuvo forma
y después la perdió.
No siempre hubo una razón.
A veces se dejó.
A veces se diluyó.
A veces simplemente dejó de sostenerse.
Y nunca más volvió.
Hasta ese momento.
El fragmento no está intacto.
No dice exactamente lo que fue.
Pero conserva algo.
Un tono.
Una dirección.
Una presencia que no resulta ajena.
Algunos se quedan.
Intentan reconstruir.
Unir partes.
Recordar más de lo que fue.
Otros no.
Saben que no es eso lo que corresponde.
No todo lo que aparece
vuelve para ser retomado.
A veces solo vuelve
para ser reconocido.
Y en el desierto,
eso también ocurre.
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