
Algunos no vienen a buscar palabras.
Vienen a entender.
Observan el mar.
No como algo abierto.
Como algo que puede ser ordenado.
Miden distancias.
Registran formas.
Anotan recorridos.
Intentan trazar un mapa.
Una forma de orientarse.
De no perderse.
De volver sobre lo mismo sin depender del azar.
Y al principio, funciona.
Reconocen zonas.
Identifican patrones.
Distinguen corrientes.
El mar parece responder.
Pero no del todo.
Cuando vuelven,
algo ya no está.
Lo que antes estaba ahí
cambió de lugar.
Se desarmó.
Se mezcló con otra cosa.
Corrigen.
Vuelven a dibujar.
Ajustan líneas.
Reorganizan.
Pero el problema no es el mapa.
Es el mar.
No permanece.
No repite.
No conserva forma para ser fijada.
Algunos insisten.
Confían en que, con suficiente precisión,
el mapa va a coincidir.
Otros empiezan a ver otra cosa.
No es que el mapa esté mal.
Es que nunca fue para eso.
No para contener el mar.
Solo para atravesarlo.
Y cuando entienden eso,
dejan de buscar exactitud.
Empiezan a usar el mapa
como lo que siempre fue:
Una guía incompleta
para algo que no puede ser fijado.
Deja un comentario