
En algunas ciudades,
no todas las palabras se venden a la luz del día.
Hay mercados que no figuran en los mapas.
Calles que no aparecen dos veces en el mismo lugar.
Ahí circulan otras palabras.
Palabras marcadas para ser usadas
cuando algo no debería quedar.
Cuando un robo no debe recordarse.
Cuando un engaño necesita desaparecer.
Cuando alguien tiene que irse
sin dejar rastro.
Una de ellas es olvido.
No se pronuncia en voz alta.
Se acerca.
Se lee.
Y, a veces…
funciona.
Quienes estaban ahí
dejan de recordar.
No todo.
Solo lo necesario.
Dicen que el efecto no es perfecto.
Que siempre queda algo.
Un gesto.
Una sensación.
Una duda que no termina de irse.
Por eso existen quienes rastrean.
No buscan culpables.
Buscan alteraciones.
Pequeñas desviaciones
en lo que debería haber quedado.
Trabajan para el Ministerio de Palabras.
Y saben leer lo que otros no ven.
Pero incluso ellos llegan tarde, a veces.
Para entonces,
la palabra ya fue usada.
Y el hecho…
ya no está.
Mientras tanto,
el mercado sigue abierto.
Y hay quienes aprenden rápido
qué palabras
no deberían existir.
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