
No todas las palabras marcadas
son difíciles de conseguir.
Algunas
circulan por la ciudad
con naturalidad.
Se venden en mercados,
en pequeños puestos,
o pasan de mano en mano
como si fueran parte de la vida diaria.
Una de las más usadas
es sabor.
Se escribe en un pergamino breve.
Se guarda cerca de la cocina.
Y se lee
mientras la comida se prepara.
No hace falta más.
El efecto no es inmediato.
Ni evidente.
Pero está.
En el aroma.
En la textura.
En eso que no se sabe explicar
y, sin embargo, se reconoce.
No todas las palabras saben igual.
Algunas vienen de marcadores conocidos.
Buscados.
Con años de oficio.
Sus palabras se compran sin dudar.
Funcionan.
Otras…
son distintas.
Más intensas.
Más extrañas.
A veces, incluso, imprevisibles.
Hay quienes las prefieren así.
Dicen que no se trata solo de comer.
Sino de experimentar.
Por eso, en los mercados,
no todos preguntan lo mismo.
Algunos buscan algo seguro.
Otros…
algo que los sorprenda.
Y en esa diferencia,
como en tantas otras cosas,
también se reconoce
el estilo de quien marca.
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