Universo Literario

Un espacio donde nacen, viven y se habitan las historias
– sitio de prueba y en construcción –

Hermana narradora Alaína

No todos recuerdan cuándo llegó.

Algunos dicen que fue una mañana fría,
cuando el Scriptorium todavía no había encendido todas sus velas.
Otros sostienen que ya estaba allí,
sentada en una de las mesas,
como si hubiera llegado antes que los demás.

La hermana Alaína no hablaba mucho.
Durante sus primeros días,
apenas se la veía levantar la cabeza del pergamino.

No preguntaba.

No corregía.

No intentaba demostrar nada.

Simplemente… permanecía.

Copiaba textos antiguos sin apuro.
Escuchaba en silencio las historias que otros leían en voz alta.
Y cuando escribía,
lo hacía como si no hubiera distancia
entre lo que ocurría
y lo que dejaba en el papel.

Algunos narradores comenzaron a notarlo con el tiempo.

No por lo que hacía,
sino por lo que dejaba de hacer.

Alaína no forzaba las historias.
No las perseguía.
No intentaba completarlas antes de tiempo.

Las dejaba llegar.

Y cuando llegaban,
sabía sostenerlas.

Se dice que en menos de dos años
los maestros del monasterio dejaron de observarla como aprendiz.

No hubo anuncio.

No hubo ceremonia.

Pero en el Scriptorium
ciertas cosas no necesitan ser dichas.

Ese mismo año comenzaron a circular
algunos fragmentos escritos de su mano.

No eran tratados.

No eran instrucciones.

Eran frases breves,
anotadas en los márgenes de los textos que copiaba.

Algunos aprendices las encontraron por azar.

Otros comenzaron a buscarlas.

Decían cosas simples.

Pero quienes las leían…
no volvían a escribir de la misma manera.

Con el tiempo,
esas frases fueron reunidas.

No en un solo libro.

Sino en distintos registros dispersos del monasterio.

Hoy todavía se repiten.

En voz baja.

Entre mesas.

Entre quienes recién comienzan.

Y entre quienes llevan años escribiendo.

No como reglas.

Sino como algo que se reconoce
cuando llega el momento.

Algunos dicen que Alaína dejó el monasterio.

Otros,
que simplemente dejó de ser vista.

Pero en el Scriptorium
hay una certeza que permanece:

Algunas formas de escribir
no se enseñan.

Se transmiten.

Y cuando eso ocurre,
quien aprende
ya no vuelve a escribir igual.

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