
En invierno,
muchas casas
usan la palabra calor.
No funciona sola.
Siempre necesita
una llama inicial.
Una vela.
Una lámpara de aceite.
Un brasero.
Una hornalla.
Una chimenea.
Algo pequeño.
Entonces la palabra se lee
cerca del fuego.
Y el calor comienza a quedarse.
No exactamente sobre la llama.
Sino en el ambiente.
Como si el aire
aprendiera a conservarlo.
Por eso algunas casas,
incluso en los inviernos más duros,
mantienen esa sensación tibia
en las paredes,
en las mantas,
en la madera de las mesas.
Afuera puede nevar durante días.
Pero adentro,
el calor permanece.
Los viajeros suelen notar la diferencia.
Hay hogares
donde el fuego apenas alcanza.
Y otros
donde una sola vela
parece suficiente para toda la noche.
Dicen que esto depende
de cómo fue marcada la palabra.
Pero también,
de quienes habitan la casa.
Porque algunas personas
saben mantener el calor.
Y otras…
lo dejan escapar.
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