
La palabra conservar
se encuentra en muchos lugares.
Cocinas.
Bibliotecas.
Herboristerías.
Depósitos de tela.
Caravanas de viaje.
No todos la usan de la misma manera.
Algunos marcadores
trabajan sobre alimentos.
Otros…
sobre papel.
Hay bibliotecarios
que la utilizan en libros antiguos
para retrasar el desgaste de las páginas.
Y comerciantes
que la leen sobre hierbas
antes de atravesar largos caminos.
También existen viajeros
que pagan pequeñas marcas de conservación
para proteger agua, frutas o medicinas
durante semanas enteras.
Pero ninguna dura para siempre.
Porque el oficio
no detiene el tiempo.
Solo modifica, por un momento,
la forma en que las cosas
atraviesan su desgaste.
Por eso las marcas de conservación
son tan valoradas.
No por volver eternas las cosas.
Sino porque permiten
que algunas lleguen un poco más lejos.
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