
Algunas historias que llegan al monasterio
deben detenerse primero en la Sala de Visitantes.
Allí existe lo que los registros llaman
el tribunal.
No es un lugar de juicio.
Nadie es acusado.
Nadie es rechazado.
Pero tampoco todo permanece.
El tribunal escucha.
A veces en silencio.
A veces durante horas.
No interrumpe.
No corrige.
Pero percibe.
Hay historias que se abren con claridad.
Otras que se deshacen al ser contadas.
Algunas encuentran un lugar entre las salas del Monasterio.
Otras
no logran pertenecer.
No por error.
No por falta.
Sino porque todavía
no tienen forma.
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