
No todos los que llegan al Santuario
habitan ambas llamas por igual.
Algunos
se sienten llamados
por una sola.
Se acercan
y permanecen allí.
Escuchan solo una voz.
Siguen una sola dirección.
Y durante un tiempo,
eso parece suficiente.
Hay quienes se entregan
a la llama de lo invisible.
Las ideas aparecen.
Las escenas fluyen.
Las historias nacen con facilidad.
Pero no permanecen.
Se disuelven
antes de encontrar forma.
También están quienes
confían únicamente
en la llama de la forma.
Ordenan.
Corrigen.
Construyen.
Pero algo falta.
La historia avanza,
pero no arde.
En ambos casos,
el narrador cree estar creando.
Y, en parte, lo está.
Pero no alcanza.
Porque ninguna llama,
por sí sola,
puede sostener una historia completa.
En el Santuario
no se corrige ese error.
Se lo deja ver.
Con el tiempo,
cada narrador descubre
qué parte de sí
ha dejado sin desarrollar.
Y comprende
que terminar una historia
no es solo cuestión de avanzar.
Es cuestión
de equilibrarse.
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