
Al salir de la ciudad,
donde el terreno empieza a caer,
hay un bajo.
No tiene nombre marcado.
No hay señal.
Pero quienes viven aquí
lo reconocen sin dudar.
Es un lugar
donde nadie cuenta historias.
No porque esté prohibido.
No porque alguien lo haya decidido.
Simplemente,
no ocurre.
Quien llega,
suele hacerlo después de mucho andar.
Se sienta.
Mira la ciudad desde arriba
o deja que la tarde caiga sin seguirla.
Las historias,
que en otros lugares aparecen sin esfuerzo,
aquí no se sostienen.
Se apagan antes de tomar forma.
Una frase que iba a decirse
queda a medio camino.
Un recuerdo pierde su hilo.
Una idea
no encuentra palabras.
Y sin embargo,
nadie intenta recuperarlas.
Porque lo que se queda
no es la falta.
Es otra cosa.
No es vacío.
No es calma.
Es un espacio
donde lo que venía cargado
deja de empujar.
Algunos permanecen un rato.
Otros apenas lo suficiente.
Después se levantan
y vuelven a la ciudad.
Las historias regresan con ellos.
Pero no vuelven iguales.
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