
Desde temprano,
cuando todavía no hay demasiadas voces en la calle,
el panadero empieza.
No deja de trabajar.
Amasa.
Ordena.
Acomoda el fuego.
Y mientras lo hace,
cuenta una historia.
Siempre es la misma.
Quienes pasan seguido
ya la han escuchado.
Reconocen el inicio.
Saben quiénes están.
El lugar no cambia.
Pero algo… no encaja.
Un día, uno de los personajes duda.
Otro día, no.
A veces, los hechos cambian.
A veces, cambia el tono.
Hay jornadas en que el conflicto se resuelve rápido.
Otras en que se extiende más de lo esperado.
Y hay momentos —pocos, pero recordados—
en que el antagonista
termina siendo el héroe.
En la ciudad, esto no pasa desapercibido.
Hay quienes vuelven solo para comprobarlo.
Quienes comparan versiones.
Quienes aseguran haber escuchado un cambio preciso.
Y también están
los que prefieren no decidir.
Se quedan.
Escuchan.
Y dejan que la historia
avance.
Mientras tanto,
cada mañana,
el panadero vuelve a empezar.
Como si nunca
hubiera cambiado nada.
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