
Hay un puente en la ciudad
por el que todos pasan.
No es distinto a otros.
Piedra antigua.
Barandas gastadas.
El río pasa sin detenerse.
No hay señales.
Nadie lo anuncia.
Y sin embargo,
quienes viven en la ciudad
lo saben.
Al cruzarlo,
algo se escucha.
No es una voz clara.
No siempre son palabras.
A veces es un fragmento.
Una frase.
Un recuerdo que no parecía propio.
Cada uno escucha algo distinto.
Hay quienes se detienen.
Apoyan las manos en la piedra.
Esperan.
Otros siguen caminando,
como si no hubiera pasado nada.
Pero después,
más adelante,
algo cambia.
No en la ciudad.
En el paso.
En la forma de mirar.
En la decisión que todavía no se había tomado.
Nadie vuelve para comprobarlo.
Nadie intenta repetirlo.
Porque lo que se escucha
no se busca.
Ocurre.
Y cuando ocurre,
alcanza.
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