
En la ciudad de las historias
se sabe.
No se dice en voz alta.
No hace falta.
Las historias acompañan.
No como algo que pasa cerca.
Acompañan el recorrido.
Los cambios.
Los días.
Por eso, cuando alguien quiere saber algo,
no se mueve demasiado.
Se queda.
Escucha.
Dentro de una misma manzana,
la historia todavía se sostiene.
Las palabras encuentran su forma.
El sentido no se pierde.
Pero al cruzar la calle,
algo cambia.
No es evidente.
A veces es una pausa.
A veces una palabra.
A veces nada que pueda señalarse.
Y sin embargo,
la historia ya no es la misma.
No porque alguien la haya cambiado.
Sino porque fue dicha
en otro lugar.
Aquí, eso se entiende.
Nadie lo discute.
Pero todos,
en algún momento,
lo aprendieron escuchando.
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