
Hay quienes se sientan en la orilla.
A veces en una piedra.
A veces en el césped.
Apoyan el cuaderno entre las rodillas.
Esperan.
El río no se detiene.
Pasa.
Trae algo.
Y se lo lleva antes de que pueda ser nombrado.
Hay quienes intentan seguirlo.
Escriben rápido.
Fuerzan palabras.
Quieren fijarlo todo.
Pero esto,
rara vez funciona.
Porque lo que queda en la hoja
no es lo que vieron.
Es apenas
una fuga de lo que ya pasó.
Los más entrenados,
con el tiempo,
dejan de perseguir.
Escriben solo cuando algo queda.
Una frase.
Un gesto.
Una imagen que permanece.
No intentan completarlas.
No corrigen lo que falta.
Saben que lo que escriben
no es la historia.
Es lo que pudieron tomar de ella.
El resto,
lo que sigue en la corriente,
ya no les pertenece.
El río sigue.
Y ellos
vuelven a esperar.
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