
No todos pueden marcar una palabra.
No basta con saber escribirla.
Ni con entender su significado.
Dicen
que el oficio trabaja con las leyes.
Fuente.
Aliento.
Tiempo.
Flujo.
Camino.
Conciencia.
Fuego.
No como teoría.
Sino como práctica.
Como si cada palabra
debiera ser atravesada
por esas fuerzas
antes de volverse activa.
Por eso algunos comparan este trabajo
con la alquimia.
Pero no es lo mismo.
Aquí no se transforman metales.
Se transforman efectos.
No todos pueden hacerlo.
Algunos apenas logran marcar
palabras simples.
Otros…
no pueden usar ciertas letras.
Las evitan.
Las rodean.
Hay quienes solo trabajan
sobre lo visible.
Materia.
Cuerpo.
Objeto.
Y hay quienes
nunca logran intervenir allí.
Pero sí afectan lo interno.
Pensamiento.
Ánimo.
Memoria.
También están los que pueden hacer ambas cosas.
Son pocos.
Y no siempre explican cómo.
Por eso el oficio
no se enseña del todo.
Se aprende.
Se prueba.
Se falla.
Se corrige.
Y, con el tiempo,
cada marcador descubre
qué palabras
puede sostener.
Y cuáles…
no.
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