El oficio

Nadie sabe exactamente
cuándo comenzó el oficio.
Los registros más antiguos
ya hablan de personas
capaces de trabajar
con palabras marcadas.
Mucho antes de la existencia del Ministerio.
Mucho antes de las regulaciones,
las licencias y las tramas.
Algunos sostienen
que las primeras marcas
aparecieron de manera accidental.
Otros creen
que ciertas personas
simplemente descubrieron
cómo dirigir la intención humana
sobre determinadas palabras.
Con el tiempo,
el oficio comenzó a transmitirse.
Primero,
entre pequeños grupos.
Luego,
entre familias,
viajeros,
curanderos,
escribas,
rastreadores
y practicantes aislados.
Todavía hoy,
existen múltiples formas
de aprender.
Algunos ingresan
a instituciones oficiales.
Otros aprenden
de maestros particulares.
Y también existen personas
que intentan comprender
las palabras por cuenta propia.
El Ministerio regula parte del oficio.
Pero no lo creó.
Así que tampoco puede dirigirlo.
Las palabras marcadas ya existían
mucho antes de que alguien intentara organizarlas.
Dentro del oficio,
muchos sostienen que marcar palabras
no depende solo del conocimiento técnico.
También requiere:
intención,
criterio,
disciplina,
observación
y resistencia.
Existen personas
capaces de copiar palabras
sin lograr activarlos jamás.
Y otras
que producen efectos
sin comprender completamente
cómo lo hicieron.
Por esa razón,
muchos practicantes
afirman que ninguna palabra
responde exactamente igual dos veces.
Ni siquiera
cuando es utilizada
por la misma persona.
Dentro del oficio,
también se acepta
algo que el Ministerio
nunca logró explicar del todo:
Hay palabras
que parecen elegir
a quienes las practican.
Y otras que jamás responden,
sin importar cuántos años
se dediquen a estudiarlas.