
No todos los practicantes del oficio
deciden comercializar sus palabras.
Existen personas que aprenden:
por tradición,
de manera autodidacta
o incluso dentro del Ministerio;
pero sin intención de vender activaciones.
Hay quienes utilizan las palabras
únicamente dentro de su hogar.
Otras las reservan para:
su familia,
sus herramientas,
sus espacios cotidianos
o determinadas situaciones de la vida diaria.
Dentro del oficio,
muchos consideran que esta práctica
es una de las formas más antiguas del uso de las palabras.
Mucho antes de la existencia de mercados,
licencias y registros oficiales,
las palabras ya circulaban entre personas.
De manera íntima.
Doméstica.
Silenciosa.
Todavía hoy,
existen familias que conservan
las mismas activaciones desde hace generaciones.
Casi todas son utilizadas para:
lugares de descanso,
mesas de trabajo,
viajes,
momentos difíciles
o tareas cotidianas.
Protección
es una de las palabras más comunes
dentro de estas prácticas.
También existen registros
de familias que conservan activaciones
muy específicas que jamás fueron comercializadas.
El Ministerio
no exige licencias
para el uso privado de palabras marcadas.
Solo regula aquellas activaciones
que circulan públicamente
o que son comercializadas.
Por esa razón,
gran parte del oficio
permanece todavía hoy fuera de los registros oficiales.
Dentro de las casas.
En cuadernos heredados.
En símbolos repetidos durante años.
Y en pequeñas prácticas
que muchas personas continúan realizando
sin considerar siquiera
que forman parte de algo mucho más grande.
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