
Hace muchos años,
un viajero llegó al monasterio con un libro entre las manos.
Según los registros,
lo había adquirido en un mercado de usados
como regalo para su hijo.
No había nada extraño en eso.
Sin embargo,
los problemas comenzaron poco después.
Cuando el niño abrió el libro por primera vez,
comenzó a llorar.
No de manera repentina.
Sino con una angustia extraña
que parecía crecer página tras página.
El padre creyó que era miedo.
Sin embargo,
el niño insistía en algo mucho más inquietante:
Las palabras del libro no eran el problema.
Era lo que escuchaba mientras leía.
Con el tiempo, otros niños fueron expuestos al volumen.
Y el fenómeno volvió a repetirse.
Los adultos no encontraban nada extraño en las páginas.
El texto parecía normal.
Las palabras no cambiaban.
Pero los niños comenzaban a llorar de todas formas.
Se usó consuelo y otras palabras marcadas.
Pero no hubo forma de contener la angustia de los niños.
Después de varios intentos,
los guardianes de la biblioteca prohibida
consiguieron registrar el breve testimonio de una niña.
Con el cabello revuelto,
escondiendo su rostro entre las manos,
apenas esbozó una frase:
“Parece un mar de llantos.”
Desde entonces,
el monasterio sostiene una teoría inquietante:
cada niño que lee el libro
escucha los llantos de quienes lo leyeron antes.
Hasta el día de hoy
se desconoce cuántas voces guarda el volumen.
Y también se desconoce
cuántos llantos más podría llegar a contener.
Por esa razón,
el libro permanece sellado.
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