
Los registros antiguos coinciden
en señalar una noche de primavera.
El sol descendía detrás de las montañas.
Las lámparas eran encendidas.
Los últimos libros y pergaminos se cerraban sobre las mesas.
Desde diferentes puntos,
a través de las ventanas,
varios integrantes del Monasterio notaron algo extraño.
Al principio,
parecían estrellas.
Pequeños puntos de luz
brillando más de lo habitual.
Sin embargo,
aquello no permanecía en el cielo.
Descendía.
Algunos dijeron que parecía nieve.
Otros,
una lluvia silenciosa de brasas suaves.
Pero no quemaban.
Y no caían como cae la nieve.
Las formas descendían
como flotando
sobre los jardines,
los techos,
los pasillos abiertos
y las piedras del Monasterio.
No hacían ruido.
No tenían dirección fija.
Llegaban y atravesaban el lugar
como si estuvieran dirigidas por una voluntad
o una corriente imposible de percibir.
Algunos hermanos las observaron con asombro.
Otros no lograron verlas.
Los registros más precisos
provienen de la Torre Observatorio.
Desde allí los hermanos pudieron contemplar
la verdadera magnitud del acontecimiento.
Los observadores describieron el fenómeno
como una especie de nevada luminosa
cubriendo el valle entero.
La torre quedó rodeada de formas.
El aire parecía encendido.
Y algunos hermanos aseguraron
que por unos instantes
el Monasterio completo
pareció respirar de otra manera.
Luego, el fenómeno comenzó a disiparse.
Las formas fueron desapareciendo
igual que habían llegado.
Sin estruendo.
Sin explicación.
Sin dejar rastros visibles.
Solo la noche.
Y el silencio otra vez.
En los meses posteriores,
la producción del Monasterio
fue inusualmente abundante.
Crónicas, mapas, traducciones
y manuscritos surgieron
en cantidades difíciles de registrar.
Algunos sostienen
que fue consecuencia del fenómeno.
Otros creen
que solo se trató de una coincidencia.
El Monasterio nunca llegó a una conclusión definitiva.
Pero incluso hoy,
todos los registros conservan
el mismo nombre para aquel suceso:
La noche en la que llovieron muchas formas.
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