
Hay lectores que no esperan el momento perfecto para leer.
No siempre sienten entusiasmo.
No siempre tienen tiempo de sobra.
No siempre encuentran las condiciones ideales.
Y aun así… leen.
A veces unas pocas páginas.
A veces un capítulo entero.
A veces menos de lo que habían planeado.
Pero vuelven.
Porque la lectura no depende únicamente del impulso.
Forma parte de sus días.
Como otras costumbres que han aprendido a conservar.
Hay lectores que conocen bien esa continuidad silenciosa.
La de retomar una historia después de una jornada larga.
La de abrir un libro, aunque el cansancio esté presente.
La de avanzar poco o mucho.
Pero avanzar.
No buscan batir récords.
No buscan leer más que nadie.
Tampoco necesitan terminar un libro en pocos días.
Les alcanza con permanecer.
Con regresar.
Con sostener el vínculo con la lectura.
Por eso siempre leen.
No porque tengan, o no, ganas.
Sino porque la lectura ya encontró un lugar dentro de sus vidas.
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