
En el Santuario
no todo pertenece al fuego.
Hay presencias
que no buscan protagonismo
ni reconocimiento.
Observan.
Permanecen.
Sostienen.
Son los guardianes
y las guardianas de la llama.
No enseñan con palabras.
No corrigen a quienes se acercan.
No indican qué hacer.
Su tarea es otra.
Custodian el espacio.
Alimentan la llama.
No con leña,
sino con atención.
De esa manera
ambas permanecen encendidas.
No intervienen
cuando un narrador se inclina
hacia una sola fuerza.
No detienen el error.
Saben que cada desequilibrio
forma parte del aprendizaje.
Perciben cuando una llama domina demasiado.
Y también cuando alguien comienza
a encontrar su propio equilibrio.
No celebran.
No advierten.
Permanecen.
Porque entienden
que el trabajo verdadero
no ocurre en el santuario.
Ocurre dentro de cada narrador.
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