
Hay lectores que no atraviesan un libro sin dejar rastro.
No porque estudien.
No porque busquen recordar algo importante.
A veces es algo más simple.
No quieren que ciertas cosas se pierdan.
Una frase.
Una idea.
Una imagen.
Un pensamiento que apareció durante la lectura.
Por eso subrayan.
Anotan.
Marcan.
Doblan una esquina.
Colocan un señalador.
O regresan una página atrás para encontrar una línea que llamó su atención.
Hay lectores que terminan un libro y pueden reconocer sus propios recorridos entre las páginas.
Las marcas siguen allí.
Como pequeñas huellas.
Como una conversación que ocurrió entre la historia y quien la leyó.
No registran para corregir.
Ni para ordenar.
Registran para conservar.
Porque algunas palabras llegan en un momento preciso.
Y dejarlas pasar sería una pérdida.
Por eso vuelven.
Anotan.
Guardan.
Y continúan.
No necesariamente para recordar todo.
Sino para reconocer
que aquello que tiene valor
encontró una forma de permanecer.
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